El zumbido de la máquina llenaba el pequeño salón, pero para Valeria sonaba como algo más profundo

 El zumbido de la máquina llenaba el pequeño salón, pero para Valeria sonaba como algo más profundo… como el inicio de una nueva etapa.

Se miró al espejo por última vez con su larga melena oscura cayendo sobre los hombros. Durante años, ese cabello había sido parte de su identidad. Lo había cuidado, peinado, protegido. Pero también había sido, de alguna forma, una carga.

—¿Estás segura? —preguntó la estilista con suavidad, sosteniendo la máquina sin encenderla aún.

Valeria respiró hondo. Sus manos temblaban un poco, pero sus ojos estaban firmes.

—Sí. Hoy sí.

La primera pasada fue la más intensa. El sonido vibró cerca de su cabeza y, en segundos, un mechón cayó lentamente al suelo. Valeria sintió una mezcla de vértigo y liberación. Era real. Ya no había vuelta atrás.

A medida que la máquina avanzaba, mechón tras mechón desaparecía. Su reflejo cambiaba con cada movimiento: primero irregular, luego más uniforme, hasta que finalmente su cuero cabelludo quedó completamente descubierto.

El salón quedó en silencio.

Valeria abrió los ojos lentamente y se observó. Su rostro parecía más definido, más auténtico. Pasó la mano por su cabeza recién afeitada y sonrió.

—Nunca me había sentido tan… ligera —susurró.

La estilista también sonrió.

—A veces, soltar es la mejor forma de encontrarse.

Valeria se levantó de la silla, sintiendo el aire tocar su cabeza por primera vez. Era una sensación nueva, fresca, casi simbólica.

Al salir del salón, el sol le dio directamente en la piel. Cerró los ojos y respiró profundamente.

Ese no era el final de algo.

Era el comienzo.

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